Ahí abajo te sientes a salvo. Sólo tú puedes atravesar la superficie,las preocupaciones flotan y por tanto no se hunden. Mientras desciendes tu cuerpo se aprieta sobre sí mismo hasta hacerte tan pequeño como el día que naciste, y es entonces cuando quedas reducido a tu propia esencia. Si más bajas, más fría el agua, y más vivo tú. Allí el silencio es diferente, te mira directamente a los ojos, te enfrenta a ti mismo, y se convierte en un espejo húmedo que te recuerda quién eres. Alrededor, los hijos del mar observan tu alma, que es salada como la de ellos. Por eso son atentos y hospitalarios con sus visitantes. El mar te envuelve y te invita a pasar la eternidad en él, hasta que la necesidad de aire te sacude y te despierta del sueño azul. Miro hacia la superficie y mi hermano sigue ahí, flotando, esperando su turno, vigilante y atento a mi inmersión. En ese momento él es mi cordón umbilical con el mundo aéreo. Confío en él. Lentamente comienzo la ascensión al ruidoso mundo de los humanos, al que pertenezco. El sol se torna cada vez más brillante, el agua más caliente, y mi cuerpo mucho más grande que al principio, porque se ha hinchado tanto de paz, que ahora las preocupaciones ya no caben en mí.
viernes, 8 de agosto de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario